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martes, 23 de febrero de 2021

Los HABITANTES del ANTIGUO MUSEO del EJÉRCITO

Fachada del Salón de Reinos. Fotomontaje Cuarto Milenio

Revisando mis caóticas notas sobre posibles temas a tratar relacionados con las historias, anécdotas y leyendas de la Villa y Corte, me reencontré con la poco conocida historia de las apariciones fantasmales en el Salón de Reinos del antiguo Palacio del Buen Retiro, concretamente mientras fue sede del Museo del Ejército antes de su traslado al Alcázar de Toledo. En mis notas garabateadas se resume someramente la historia contada por Álvaro Martín (presentador en Onda Madrid del genial “Madrid Misterioso”) ante las cámaras de Cuarto Milenio (temporada 14, programa 554), pasando después por los testimonios de algunos testigos de los hechos (unos a cara descubierta, otros desde la penumbra), prestando especial atención a la narración del comandante J.A. Suárez, ex jefe de Área de Investigación Museo del Ejército, que tuvo a bien romper el silencio marcial sobre los fenómenos paranormales sucedidos en tan especial edificio durante su entrevista con Carmen Porter sobre “los moradores del Museo del Ejército”.

Detalle puerta de acceso del Salón de Reinos
Desde 1997 hasta 2010, año en que termina la actividad del Museo del Ejército en Madrid (fue trasladado a Toledo no sin cierta polémica que dura hoy día) se sucedieron incansables y numerosísimos fenómenos que siempre quedaron entre las cuatro paredes del hermético mundo castrense. Hasta que los testigos no pudieron callar más a pesar de los momentos de angustia y terror pasados. Según el testimonio desde la penumbra de una antigua limpiadora del edificio, la inmensa mayoría de sus compañeros y compañeras de trabajo veían y oían cosas raras, como por ejemplo a un grupo de niños corretear gritando por los pasillos y algunas salas del Museo a horas en que el edificio no estaba abierto al público.

Vista noreste del Salón de Reinos
La mayoría de testimonios son narrados por el gremio de vigilantes de seguridad durante cuyas rondas nocturnas las apariciones eran más frecuentes. Por ejemplo R. Molina que cuenta cómo se sentía siempre acompañado y observado durante sus paseos por las estancias o uno de sus compañeros que desde el anonimato cuenta cómo mientras estaba conversando con otro colega durante una guardia a las cuatro de la madrugada escucharon a un tercer interlocutor de ultratumba que se metía en su conversación y les contestaba nítidamente. Como para no estar aterrorizado. Pero también hay testimonios de militares como el de Simón J. Romero, brigada del Ejército de Tierra que estuvo destinado en el museo entre 1998 y 2003 y cuenta su encuentro con una figura sotanada,  incluso lo describe como un hombre de unos cincuenta y tantos años, de complexión gruesa, que se dirigía hacia él y de repente se esfumó ante sus ojos. El militar estaba convencido de que estas almas espectrales estarían atrapadas en el edificio y se tenían que dejar ver por algún motivo, porque realmente necesitarían ayuda. Quizá no fuera sólo el edificio sino que también el tipo de fondos allí expuestos (armas, uniformes, objetos relacionados con la guerra y la muerte en batalla) podrían tener mucho que ver con tales manifestaciones.

Figura sotanada. Fotomontaje del autor @juansanguinocollado

Como he anunciado más arriba, las notas más jugosas las aportó el comandante Suárez, que llegó al Museo  como Capitán y acabó como Comandante Jefe del Área de Investigación y Conservador Jefe del Departamento de Armas y Metales. Pasó 12 años en el Salón de Reinos con su “tranquilo” trabajo de historiador, estudiando y catalogando una ingente lista de fondos bélicos (refiere sorpresas como desenvainar armas y ver en ellos restos de sangre), eso sí, era raro el día que no sucedía algún hecho extraño. La continua desaparición de  fichas técnicas o encontrar la puerta de su despacho abierta a pesar de asegurarse concienzudamente de cerrarla a cal y canto (en su despacho había piezas de valor incalculable) lo pusieron sobre aviso. Y más aún tras compartir impresiones con los guardias de seguridad del turno de noche. Echando la vista atrás recuerda su primer despacho en la zona del sótano, claustrofóbico y sin ventilación, donde la energía era muy densa y notaba continuamente presencias que le observaban y se paseaban como sombras por un pasillo angosto y vacío. Puso en conocimiento de sus superiores los hechos pero nada se podía hacer.

La cosa no se limitaba al sótano. En cierta sala de la planta baja, planta de artillería, existían unos suntuosos cortinajes de terciopelo que se corrían y descorrían a voluntad, contraventanas movidas al compás de repentinas corrientes de aire, sensación de cambio extremo de temperatura al pasar de una sala a otra, ruidos de personas, pasos, corriendo por salas vacías… y así un largo catálogo de sucesos inexplicables. El mismo comandante fue testigo junto a una chica vigilante de seguridad de cómo, sobre las 12 del mediodía, en la planta noble del Salón de Reinos, concretamente en la Sala de Armas con suelo de parquet, escucharon ruido de niños correteando y riendo (fenómeno muy repetido), buscaron a la chiquillería por distintas salas y no encontraron nada.

Felice Gazzola con el Alcázar de Segovia al fondo. Retrato anónimo
Interesante es la aparición de un personaje encontrado por varias personas que, aunque no interactuaba con los testigos, era de sobra conocido por los asiduos del Museo. Se trataba de Felice Gazzola, el Conde Gazzola, militar y aristócrata italiano a las órdenes de Carlos III, Comandante General del Real Cuerpo de Artillería, fundador del Real Colegio de Artillería y Director del Real Colegio de Caballeros Cadetes de Segovia. Las crónicas cuentan que murió en Madrid a edad avanzada (81 años) y fue enterrado en la desaparecida iglesia de San Martín (derrumbada como otros tantos edificios por orden de José Bonaparte, alias “Pepe Plazuelas”). A los restos del conde se le pierden la pista, no así a su lápida que pasó al Convento de la Trinidad, luego al MAN y de ahí al Museo de Artillería, germen del Museo del Ejército. Parece ser que el conde se aparecía en la sala donde estaba expuesta su lápida sepulcral. Un soldado que hacía las labores de vigilante a la hora de cierre, vio a un caballero de pelo largo y cano, vestido como de otra época,  al que indicó el cierre y la necesidad de desalojar la sala. El caballero hizo caso omiso y el soldado, apresurado por su tarea, decidió seguir con su ronda.  Al día siguiente el soldado se percató de que en la misma sala estaba expuesto un retrato del Conde Gazzola al que inmediatamente reconoció como el caballero con el que se había cruzado el día anterior. 

Lápida sepulcral del Conde Gazzola. Museo del Ejército. Madrid

Sin embargo no es el único aparecido. El comandante habló de la conocida por las gentes del Museo como la “Dama de Rojo”, estilizada figura femenina de extraordinaria belleza, largo pelo negro y traje de época de color rojo que se suele pasear por la 2ª planta de Ingenieros. Esta dama sí interactúa. En una ocasión, un vigilante hacía la ronda por la planta superior acompañado por una amiga que había ido a visitarle mientras otro compañero vigilante hacía la ronda  por la planta baja. Cuando el vigilante y la chica se encontraban en la zona de la Guerra de la Independencia la joven entró en pánico y se desmayó, no sin antes contar que se le había aparecido de la nada una dama vestida de rojo y le había susurrado al oído que tuviera cuidado con los hombres, que no tenían buenas intenciones. Tras el susto salieron a relucir historias de una joven que se había suicidado por amor arrojándose por las escaleras del mismo edificio en el siglo XIX.

La Dama de Rojo, fotomontaje del autor @juansanguinocollado
De unas notas tan deslavazadas espero haber sacado una historia legible y haber picado la curiosidad de quien tenga a bien investigar tras estas líneas sobre el desconocido caso del antiguo Museo del Ejército de Madrid. Lástima que el edificio esté cerrado al público. Pero hay esperanza pues entra dentro del proyecto de Norman Foster y Carlos Rubio para la ampliación del Museo del Prado como sala de exposiciones. Quién sabe si los fenómenos volverán o si saldrán a la luz nuevas historias que harán difícil conciliar el sueño.

jueves, 14 de mayo de 2020

El FANTASMAGÓRICO PALACIO de CAÑETE

Foto publicitaria del ilusionista Henri Robin, 1863
La Villa y Corte siempre ha sido imán para los fenómenos paranormales. Una de las historias de fantasmas más conocidas de Madrid nos conduce al número 69 de la calle Mayor, a un magnífico caserón tardo renacentista denominado el Palacio del Marqués de Camarasa (desde 2010 Centro Sefarad-Israel) más conocido como el Palacio de Cañete. Son muchos los testimonios que aseguran haber visto luces que se encienden y se apagan e, incluso, haber escuchado ruidos extraños y movimientos de muebles en habitaciones completamente vacías. Fenómenos poltergeist (del alemán poltern, hacer ruido, y Geist, fantasma) atribuidos a un misterioso asesinato ocurrido en el inmueble allá por el siglo XVII.

Palacio de Cañete, c/ Mayor 69
Palacio de Cañete (XXXIV) Plano de Texeira, 1656
Tomando como punto de referencia al cronista y dramaturgo Jerónimo Barrionuevo de Peralta (1587- 1671) nos encontramos con su obra Avisos (1654- 1658), cartas dirigidas al deán de Zaragoza con la intención de mantenerlo informado de todo cuanto ocurría en la Corte de Felipe IV. Estos Avisos, históricamente valiosísimos, transmiten detallada información sobre la vida y costumbres de la familia real y la nobleza, los sucesos económicos y políticos, vida religiosa, las creencias y las supersticiones, la literatura y cultura, las fiestas y el teatro, los sucesos delictivos, los grupos marginales y, en suma, el día a día de la sociedad madrileña de la época.

Avisos, Colección de Escritores Castellanos, 1892
Asesinato del duque de Guisa, Felix Darley, 1876
Es en estas crónicas barrocas donde se relata el notable caso del asesinato del Marqués de Cañete, desarrollado en tres etapas y donde el horror y el sentido de justicia poética de ultratumba dominan todo el relato. Según el relator, un día de agosto de 1654 se cruzaron en una oscura escalera del palacio tres sombras. Una era el Marqués de Cañete, otra, el clérigo y amigo del marqués, don Antonio de Amada y la tercera correspondía a un personaje desconocido. El marqués, D. Juan Antonio Suárez de Mendoza y Torres de Portugal, cayó atravesado de una estocada y don Antonio de Amada fue acusado y condenado por el asesinato, a pesar de sus proclamas de inocencia.
 
Retrato de un clérigo de 40 años, Velázquez, 1622

Tal fue el revuelo formado que, el viernes 14 de Agosto, incluso hubo un exitoso (y milagroso) intento de rescate: “un Obispo de anillo, fraile francisco, en un coche, y cosa de 20 clérigos que, saltando en el tablado, le quitaron el argolla de hierro de la garganta, que es un instrumento ingenioso con que, a dos vueltas de un tornillo, en un abrir y cerrar de ojos está en la otra vida. Y fue cosa admirable que, hallándose el Corregidor a pie, infinitas espadas con la suya brillando en el aire, parece que Dios los cegó, pues, sin poderlo resistir, le metieron en el coche, y a paso muy compuesto y muy largo, azotando las mulas, partieron de carrera por la calle de Toledo, metiéndole por una puerta falsa de casa del Cardenal, que le abrazó en llegando, y sacó bizcochos y vino, haciéndole acostar en una cama muy bien aderezada, el que medio cuarto de hora antes esperaba verse en siete pies de tierra”.

Auto de Fe en la Plaza Mayor, Anónimo, 1632

Sin embargo, al día siguiente “a las diez de la mañana, sábado, día de la Asunción de la Madre de Dios, fueron todos los alcaldes de corte con más de 200 hombres con carabinas y otras armas ofensivas y defensivas en casa del Cardenal de Toledo, y sacaron de ella a D. Antonio de Amada, llevándose presos de camino todos cuantos criados suyos hallaron. Dicen que el lunes le ajusticiarán. Todo parece entremés: cátalo muerto, cátalo vivo. Ténganos Dios de su mano, y guarde a Vm. como puede, deseo y se lo suplico”.

El agarrotado, Goya, 1778 - 1785
Para evitar más disturbios y posibles fugas, el peso de la ley no tardaría en caer implacable sobre el religioso. Antes de acabar el mes, el 22 de agosto lo condujeron al cadalso “tan galán que hombres y mujeres lloraban como niños”. Le dieron garrote “con un artificio de hierro en una argolla que estrechaba un tornillo” después de ver cómo eran azotados todos los que le ayudaron a huir y murió bien y con grande valor en un abrir y cerrar de ojos. Después de muerto le cortaron la mano, a pesar de una extraña resistencia que hacía al cuchillo, y la dificultad de encontrar la articulación, circunstancias que más tarde podrán interpretarse como símbolo de la desoída inocencia del reo. La extremidad amputada fue llevada por el verdugo a la casa del Marqués, dejándola clavada en un palo (otras versiones dicen que quedó clavada en la misma puerta de palacio) que para este propósito estaba delante de la puerta. Fin del primer acto.

Constitutio Criminalis Bambergensis, 1508

Stigmata, Alfonso Paleotti, 1616
A partir de ese momento, comenzaron los sucesos extraños. El personal empleado del palacete contaba que se encendían velas y al momento se apagaban, que escuchaban alaridos espeluznantes procedentes de las habitaciones, que oían ruidos de muebles arrastrándose y todo tipo de situaciones escalofriantes que podamos imaginar. Los criados del marqués aseguraban que seguían notando su presencia, convencidos de que su espíritu vagaba en busca de justicia pidiendo que el verdadero asesino fuera detenido. Pero no sólo había apariciones en el palacio del marqués. Jerónimo Barrionuevo, el 29 de Agosto de 1654,  incluso refiere “Dicen que se ha aparecido el alma de don Antonio de Amada al padre Eusebio, de la Compañía de Jesús”. Las intenciones del difunto eran, parece ser, las de comunicar al sacerdote que había muerto tan bien dispuesto que no había estado en el purgatorio más que tres horas.

Grabado inglés de aparición fantasmal, 1628
Unos  veinte  días  más  tarde, el 9 de septiembre, Jerónimo Barrionuevo  comunica  al deán  noticias terribles: un criado del difunto marqués de Cañete, a las puertas de la muerte por una mal curada fiebre causada por una herida sufrida mientras huía de la escena del crimen, confesó ante testigos que él había sido el asesino de su amo porque “saliendo su mujer a pedirle que no golpease a su marido, la había dado de coces y bofetadas, y que lo confesaba así por descargo de su conciencia, y que como era al anochecer, se puso detrás del dicho D. Antonio de Amada, y que sin que nadie le viese, ejecutó la herida, y que como luego le oyó decir que le habían muerto, se subió la escalera arriba, y se echó por una ventana para escaparse”. Fin del segundo acto. Aunque, antes de pasar al acto final, hay que aclarar que ésta no es la única versión del motivo del asesinato. Para muchos, el criado mató al marqués porque éste quería propasarse con la pobre mujer de aquél. Para otros, resulta que el criado estaba enamorado de la señora marquesa y, para librarla del monstruo del marqués y sus abusos, decidió liquidar al maltratador.
  
Grabado francés de fenómenos poltergeist, sg. XIX
Tras descubrirse el pastel, retiraron la mano del pobre clérigo Amada como tardía restitución del honor ya que no pudieron devolverle la vida. Al cabo de dos o tres días se produjeron novedades. La marquesa de Cañete, Dña. Teresa Antonia Manrique Hurtado de Mendoza, tiene que abandonar el palacio y buscarse otra residencia pues no puede soportar los numerosos ruidos, asombros, espantos, sonidos de cadenas y aullidos que se oyen, portentos y casi milagros, dice el cronista, que la gente interpreta a favor del ajusticiado sin justicia. ¿Fin de la tragedia? No. Aún hoy aparecen testigos contando que en algunas lóbregas madrugadas los muebles se desplazan a su antojo y que ruidos de todo tipo inundan las estancias del terrorífico Palacio de Cañete, desde cuyas ventanas el espectro del mismo marqués sigue poniendo los pelos de punta a los incautos transeúntes que osan alzar sus miradas indiscretas de madrugada.

jueves, 16 de abril de 2020

QUEVEDO y la REINA COJA

Retrato de Quevedo, Fco. Pacheco, 1618
Una de las incontables anécdotas, y no por conocida menos atrevida, atribuidas al chistoso y provocador poeta madrileño D. Francisco de Quevedo es la que nació en una taberna frecuentada por el literato y donde eran frecuentes los cotilleos y habladurías de la corte.  En una de estas conversaciones surgió el tema de la discapacidad física de la reina Isabel de Borbón (algunos adjudican erróneamente la anécdota a Mariana de Austria, segunda esposa de Felipe IV, pero sería reina consorte años después de muerto el poeta) que sufría de cierta cojera indisimulable. Su majestad no era objeto de burla sólo por su defecto físico sino también por su mal genio, acrecentado por las mofas del respetable. Ni corto ni perezoso, Quevedo, gran maestro del insulto sutil y de los más audaces e insolentes juegos de palabras, apostó con sus amigotes que sería capaz de llamar "coja" a la reina en su propia cara sin que ésta se ofendiese ni él mismo incurriese en grave desacato (ya sabemos que sus chanzas le costaron destierros y estancias en la cárcel más de una vez). Al parecer, la suma monetaria del desafío ascendía a "Mil dineros a los que el Marqués de Calatrava, añadiría otros mil si el de Santiago llegaba a tener éxito en su empresa" y a una opípara cena. Sus colegas de farra, tras reírse largo y tendido, aceptaron, creyéndose fácilmente ganadores.

Retrato de Isabel de Borbón, Diego Velázquez, 1620
Cierto día, aprovechando que había sido invitado a una recepción en el Real Alcázar, el poeta conceptista acudió a palacio con un vistoso ramo formado por dos tipos de flores: claveles blancos y rosas rojas. Estando toda la corte reunida y ante tan noble público, lo ofreció a la reina para que gozara de su aroma y, haciendo una reverencia, soltó a la soberana: "Señora, traigo lo que solo es un anticipo del ramo que os traeré. Desconociendo vuestra flor favorita, entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja".

Quevedo recitando ante Felipe IV, Joaquin Turina y Areal (1847–1903)
Según algunas versiones la de Fontainebleau no fue consciente del cachondeo que se traía el rimador que, haciendo uso del calambur (juego de palabras en el que se modifica el significado de una frase o palabra colocando de forma distinta sus sílabas) superó claramente el reto. Otras versiones cuentan por el contrario que su alteza no era tonta y, haciendo de tripas corazón, tiró de ingenio y respondió al escritor: "Que soy coja ya lo sé, y la rosa roja escogeré", quedando el burlador burlado aunque justo ganador de tan espléndida recompensa.

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