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Joven con pandereta, José García Ramos, c.1905 |
De entre las estancias de su modesta casa Catalina tenía por
lugar favorito un luminoso ventanuco que daba a la bulliciosa costanilla. Allí
sentada podía observar a todo afanado transeúnte mientras soñaba despierta
imaginando un porvenir mejor y hacía gala de una delicada voz canturreando al
compás de su resonante pandereta. Su hipnótica belleza no pasaba desapercibida
y lógicamente pronto se corrió la voz. Así, todo viandante (tanto hombres como
mujeres) al pasar por la ventana hacía un obligado parón y quedaba embobado (o roja
de envidia en el caso de algunas damas) solazándose con los encantos físicos y
musicales de Catalina.
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